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Monólogo XIII por Aída Niederheitmann

Pensando en el después dejamos de pensar en el ayer y vemos como los días nos acercan a una nueva realidad.  Y es que ubicamos los acontecimientos en el justo lugar en los que fueron vividos.  Inmóviles, incoloros los días, con dolor, sin dolor porque ya no sientes el dolor que te ocasionaron ahora miras al después y florecen tus pensamientos porque cada instante es una nueva expresión de vida.


Podríamos decir que utilizamos aquellos días únicamente como un recurso para expresar un acontecimiento muerto al que paradójicamente damos vida.


Ahora muerto, pero que en su oportunidad torturó tu mente y tu sentimiento hasta exprimirlo en el dolor con sabor a sal.


Muchos de ustedes se preguntarán ¿Por qué cuando escribimos nos dejamos llevar por el sentimiento de melancolía o de dolor?  Pero no es cierto, esos sentimientos se han eliminado en el mismo momento que se elimina el recuerdo, el que se elimina con el magnífico espacio por no decir tiempo, porque el espacio está muy ligado con el tiempo y el tiempo me parece que si no estuviera acompañado del espacio no nos sería de tanta utilidad.


Y al final ¿Qué queda? solo la experiencia de la que sacamos diferentes conclusiones, conclusiones que nos ayudan a conocer la vida para seguir viviéndola y descubrirla con la brillantez que da el movimiento continuo,  interpretando de esa manera lo que significa la dialéctica  que nos ubica en la espiral del tiempo.

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